Hay un momento muy concreto en el que sabes que un personaje funciona.
Es cuando estás escribiendo una escena y, de repente, el personaje hace algo que tú no tenías planeado. Algo que no estaba en tus notas, ni en tu esquema, ni en ningún apunte. Y aun así, es exactamente lo que haría él.
Eso no es magia. Es coherencia. Eso se construye a cada pensamiento que le dedicas, cada vez que profundizas y te sumerges en su mente.
El problema es que la mayoría de escritores construyen a sus personajes de fuera hacia dentro. Apuntan el color de sus ojos, su trabajo, su ciudad natal, si prefieren el café solo o con leche y luego se preguntan por qué, cuando llegan al capítulo ocho, el personaje hace lo que la trama necesita que haga en vez de lo que él haría de verdad.
La respuesta casi siempre es la misma: no se han hecho las preguntas adecuadas.
El error más común al construir un personaje
Construir un personaje de fuera hacia dentro es cómodo. Es lo primero que aparece cuando buscas «ficha de personaje» en Google: nombre, edad, descripción física, profesión, hobbie…
Todo eso está bien, pero no es lo que es estamos buscando.
Un personaje no se mueve por cómo tiene el pelo (bueno, habrá personajes obsesionados con su pelo, pero sabes que no estoy hablando de esa gente). Se mueve por lo que quiere, por lo que teme y por la contradicción que arrastra sin ser del todo consciente de ella.
Eso es exactamente lo que casi nadie trabaja antes de ponerse a escribir.
Las cuatro preguntas que sostienen a cualquier personaje
Da igual si estás escribiendo ciencia ficción, novela romántica de fantasía o distopía. Da igual si tu protagonista es un detective en el Madrid de los años cuarenta o un elfo en un reino que todavía no tiene nombre. Estas cuatro preguntas funcionan para todos:
- ¿Qué desea? Es su objetivo visible. Lo que él mismo reconocería si le preguntaras. Quiere ganar el torneo, encontrar a su hermana, escapar del sistema. Algo concreto, algo que mueve la trama.
- ¿Qué necesita? Esto es diferente al deseo, y ahí está la clave. Lo que necesita es lo que realmente le falta, aunque él no lo sepa. Casi nunca coincide con lo que desea. Y en esa distancia entre el deseo y la necesidad viven las mejores historias.
- Un personaje que desea venganza y necesita aprender a soltar. Un personaje que desea ser aceptado y necesita aprender a aceptarse a sí mismo primero. Esa tensión es la que mantiene al lector enganchado hasta el final.
- ¿Qué teme? No hablamos de arañas ni de la oscuridad. Hablamos del miedo profundo, el que condiciona sus decisiones sin que él sea del todo consciente. El que le hace reaccionar de forma desproporcionada en momentos que para otros serían insignificantes. El que le hace tomar decisiones que desde fuera parecen ilógicas, pero que tienen toda la coherencia del mundo cuando entiendes de dónde vienen.
- ¿Cuál es su contradicción? Esta es la que más se pasa por alto y la que más humaniza a un personaje. Todos predicamos algo y hacemos otra cosa cuando nos acercamos demasiado al límite. Tu personaje también.
- Un personaje sin contradicción es un personaje plano. Puede ser muy simpático, muy valiente o muy inteligente. Pero no es real. Y el lector lo nota, aunque no sepa explicar por qué.
Tiene un trauma, pero ¿actúa desde él?
Aquí hay un matiz que marca una diferencia enorme y que muy pocos escritores trabajan conscientemente.
Un personaje puede tener un trauma y que ese trauma no mueva nada. Está en su historia, lo menciona de vez en cuando, quizás llora en alguna escena, aunque sus decisiones serían exactamente las mismas si ese trauma no existiera.
Eso es un trauma de decorado.
Un personaje que actúa desde su trauma es otra cosa. Ese personaje evita situaciones concretas porque le recuerdan a algo. Se cierra cuando debería abrirse. Reacciona de forma que sorprende a los demás personajes, pero que tiene toda la lógica del mundo cuando el lector entiende qué le pasó.
La pregunta que tienes que hacerte no es «¿qué le pasó a mi personaje?» sino «¿cómo lo que le pasó condiciona cada decisión que toma ahora?».
Si no puedes responder a eso, el trauma no está trabajado. Está puesto.
Por qué esto afecta también a tus secundarios
Todo lo anterior no es solo para el protagonista. Un secundario bien construido, con su propio deseo, su propio miedo y su propia contradicción, es capaz de robarle el protagonismo a quien se supone que lleva el peso de la historia.
No es un problema. Es una señal de que has hecho bien tu trabajo.
Los secundarios que el lector recuerda no son los que aparecen mucho. Son los que, cuando aparecen, hacen algo que solo ellos harían. Que tienen una lógica propia. Que no están ahí para hacer avanzar la trama, sino para vivir dentro de ella.
Y eso se consigue haciéndoles las mismas preguntas que al protagonista.
Qué hacer con todo esto
Construir personajes con esta profundidad lleva tiempo. Y sobre todo lleva hacerse las preguntas correctas en el orden correcto, antes de que el capítulo seis empiece a hacer aguas.
Si estás en ese punto en el que tu personaje no te convence y no sabes exactamente qué le falta, o si sientes que lo mueves tú en vez de que se mueva solo, el Cuaderno del escritor sin preguntas puede ayudarte. Tiene un bloque entero dedicado a personajes, con todas las preguntas que necesitas hacerte sobre el eje, la psicología, el comportamiento y las relaciones de cada uno de ellos.
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